
Repetidas críticas vienen cuestionando la postura de la arquitectura japonesa planteada en los últimos diez años por parte de arquitectos sus jóvenes. Palabras como arquitectura “aséptica” y “homogenizadora” visiblemente distraen el verdadero interés de su planteamiento: la búsqueda de lo esencial y primitivo entre hombre y naturaleza.
En el texto escrito por Toyo Ito[i] para abrir el contenido de una publicación especializada sobre Sou Fujimoto, comenta el riesgo que este tipo de abstracción puede ocasionar en la arquitectura del SXX, “[…]la planeidad y la frialdad obsesivas de este tipo de refinamiento minimalista sólo conduce a la pérdida de la sensibilidad de la vida humana”. Parece referirse a la lectura inmediata donde la arquitectura japonesa es entendida únicamente como abstracción absoluta, basada en la eliminación de elementos. Bajo esta perspectiva se puede entender el tipo de amenaza estética que puede ocasionar esta arquitectura frente a la mirada de una sociedad consumista de estereotipos.
Esta primera impresión, definida como “minimalista” y bajo los conceptos de “menos en más” parece perseguir la nueva generación de arquitectos jóvenes japoneses. “No obstante, la mayor parte de estas obras debería definirse como el resultado de una búsqueda de la destreza tecnológica más que como resultado de una búsqueda contemplativa”.
Añade también a esta afirmación, el gran poder que otorga a los japoneses el conocimiento heredado de la arquitectura tradicional en madera denominado Sukiya, estilo del SXVII, considerado como uno de los hitos japoneses de la arquitectura. El estilo Sukiya “persigue alcanzar la belleza pura a través la eliminación de elementos, de modo que ese refinamiento nos resulta relativamente fácil de conseguir”.
En arquitectos como Fujimoto, Ishigami, o Sejima entre otros, se percibe el claro interés en devolver al hombre la sensibilidad más esencial derivada de en su interacción con la naturaleza. Ya se pudo contemplar en el gesto llevado a cabo por Junya Ishigami al dibujar con un lápiz las paredes blancas del pabellón japonés de la XI Bienal de Venecia[ii], donde a través de la delgada línea de todos los dibujos, aparecían innumerables propuestas en relación con la naturaleza y los espacios verdes, pasando de la escala más doméstica hasta la construcción de nuevas ciudades para el hombre.


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