En arquitectura, mientras lo inteligente no ha pasado de ser un edificio asistido, que conecta alarmas, despliega toldos o climatiza locales, a la inteligencia, al fenómeno humano, se le han ido añadiendo matices de la conciencia: así tenemos la inteligencia creativa, lingüística, emocional, etc. y se han separado sus procesos para según a qué fines estuviera orientada. ¿Por qué no añadir otros matices también al objeto inteligente?
La disquisición semántica no nos interesa. La mayoría de artefactos son arquitontos. Sin embargo, puede que una asociación significativa de ellos alumbre una inteligencia colectiva imprevista.
Proyecto The Living City, por los profesores Soo-In Yang y David Benjamin, de la Universidad de Columbia. (2008)
¿Cómo de útil puede ser un diálogo entre chismes? La práctica del bluejacket, por el que desconocidos entran en contacto mediante el dispositivo bluetooth de sus teléfonos, o las redes sociales que proliferan en internet son ejemplos de fenómenos que pueden protagonizar un asalto al espacio físico público (en realidad, la mayoría de los miembros de estas comunidades se conocen personalmente, y se ven con alguna frecuencia), y tener repercusión espacial activando eventos con alguna intermediación electrónica, desencadenando respuestas relevantes o desplegando información específica, a su paso por determinados lugares.
Proyecto Augmented Architecture de Zhong Yi Quck (2005).




















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