
Son muchos los paisajes que se nos presentan a diario como fiel reflejo de nuestra actividad en el mundo. Paisajes visibles o expuestos, encargados de dar voz a una cultura o colectivo, a una forma de vida más explícita que sigue unas leyes más próximas a la optimización y a el funcionamiento.
Sin embargo existe otro tipo de paisaje que no tiene forma en el imaginario colectivo porque no desvela sus límites y se escuda en la intimidad de nuestro hogar. Estos paisajes se sirven de un denominador común: el misterio que se esconde en cada uno de ellos.
¿Qué es lo que hace únicos estos paisajes?, ¿cuál es la verdadera memoria de estos lugares ocultos?, ¿qué hace íntimo un espacio si los objetos se repiten y dejan de ser específicos?
Quizás sea la disposición o manipulación que hacemos de los objetos dentro del espacio, el mapa que hacemos entre ellos. La colonización y orientación, la relación entre las partes y el todo. La geometría trazada, la distancia y el vínculo entre ellos.
Narraba Jorge Wagensberg en un escrito[i], un día de vuelta al pueblo de su infancia, un recorrido en coche que no hacía desde hace 30 años “…Tras cuatro mil metros de paseo el corazón me dio un vuelco: las mismas aguas semiestancadas del arroyo, la misma tierra casi roja de la orilla, los mismos juncos, las mismas plantas acuáticas, las mismas libélulas, la misma higuera con su mismo hueco en el tronco […] En realidad, está más que claro que las moléculas de agua no eran las mismas, ni tampoco las moléculas de las plantas, ni las de las libélulas, ni las que estimulan los olores en la nariz y las texturas en las yemas de los dedos. ¡Ni las de nuestros dedos! Treinta años atrás los átomos y moléculas eran otros. Desde entonces la materia ha sido mil veces sustituida. ¿Qué es lo que permanece entonces? […] No son las partículas, sino sus relaciones mutuas, su orden…, es decir, una información. La esencia de las cosas está más en la forma que en la materia”
Y está claro que en este caso se trata de elementos vivos y los objetos no lo son. Pero lo más importante de su afirmación es saber, que independientemente de las propiedades materiales, la creación de la memoria surge insipientemente a través de la relación entre los objetos, de su disposición dentro de nuestro límite visual.
Tesis que podría afirmar cuando encuentro experimentos visuales y de estricta relación con los objetos dentro de lo doméstico. Bajo el titulo “cómo aprender lo que ocurre en la normalidad de las cosas”[ii], Sara Ramo fotografía el paisaje de su baño. La primera instantánea no muestra más que una situación anodina y aparente normal. Tras la segunda, vemos como los objetos de la primera han sido redistribuidos, alterando el orden inicial. Esta ruptura crea un espacio totalmente ajeno al construido en nuestra memoria. Deja de ser el lugar de cada día, de todos los días, para convertirse una composición de elementos de un espacio raramente manipulado.
[i] “Sobre el Alma de las Medusas” Texto recogido en “Ideas para la Imaginación Impura”. 53 reflexiones en su propia sustancia”, Tusquets Editores, Barcelona, 1998.
[ii] Serie de fotografías. Sara Ramo, PHEspaña, Madrid, 2009.